El precio de la felicidad

Yo me imaginaba volando sobre la pista, en una pierna.
No, qué va. 

Nunca he patinado. Y creía que era así de fácil. (Si no es sólo de soplar y hacer botellas -decía mi papi-). Apenas podía dar pasos. Que horror. 

Tenía tantas ganas de volar, de estar en una pierna en la pista. Necesitaré más de un día, de una hora, de cinco monedas...

Así que paso, paso, otro paso, otro paso.
Al final, me solté de la orilla. Mientras me imaginaba que pronto haría lo que hacen los profesionales, dando vueltas, saltando ¿cómo lo hacen? 
Yo apenas puedo equilibrarme.

Escapé de salir en varias fotos graciosas, el momento en que casi me caigo repetido varias veces se le escapaba al obturador, o simplemente salía movida la foto.

Así que sigo soñando que ahora bailo otra vez, en esos extraños objetos afilados por la base.
Yo imaginaba una pista de fantasía. Pensé que era plástico.
Como una niña pequeña:- ¿es hielo de verdad? -exclamé.

No conozco la nieve. ¡Es increíble ver tanto hielo junto fuera del refrigerador! Y tan frío. Y yo preguntándome por qué es obligatorio usar guantes. (Sobre todo si te caes) Pero no me caí. Sobre el hielo...  solo me caí en la madera de las orillas, y me hice un moretón. 
Como una niña pequeña...

Imagino que si alguien entra sin guantes, cuando intente levantarse debe quedarse pegado en el hielo.
Otra de las razones por las que no me alejaba mucho de la orilla, era caer y no poder levantarme. 
¿cómo con patines en los pies? ¡Me deslizaba siempre!

No sé cómo se levantan los que se caen. En general niños y niñas. Pum! un salto y ya estaban otra vez de pie. Y patinando. Los niños son de hule y no tienen miedo. (Qué envidia).

Por eso me solté otra vez. Me imaginaba como ellos. Y como los patinadores profesionales, esos chinos y rusos, y todos los que ganan los juegos de invierno. Y me recuerdo bailando, y me imagino bailando en la pista. Y entiendo que entrenen tanto. Si se entrena tantas horas sin pista y sin patines, es comprensible con ellos puestos.

Pero también tengo la convicción de que es como aprender a nadar. Una vez aprendes, ya no puedes más que avanzar y avanzar. (Como bailar). Así que no sé si he de volver. 

Lo que sé es que la felicidad se puede comprar. Solo que se vende por horas, a cinco monedas. Y no necesariamente estás cómoda dentro de tus zapatos. Puede que uno te quede flojo. Si la felicidad se alquila a todo el mundo, estará un poco gastada. 

Pero... son tantos trozos de emociones. Miedo, alegría, todo junto. Quiero repetir. Aunque cueste aprender, recordé que la vida es maravillosa, y que la felicidad, además de ser momentos cosidos unos con otros por otros momentos tristes tal vez, está aquí al alcance. Quizá haya que comprarla, pero para mí, en este momento es accesible. 

Ojalá para todo el mundo la felicidad tuviera un precio accesible. Ojalá todos tuvieran un trozo de la felicidad que he sentido. Ojalá la gente pudiera entenderme solo con subirse a un par de patines, lo que es tener una experiencia nueva,  sentirse como pequeña, y no tener miedo ni vergüenza a que te vean mayor y haciendo escándalo por lo que siente. Ojalá no se perdieran esas cosas que hacemos de pequeños. Ojalá nunca pierda el sentido del ridículo. Ojalá los momentos felices fueran más que los tristes para todo el mundo. La felicidad (no) tiene precio. 

(A cinco la hora)


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